Lo
nuevo siempre termina por volverse viejo: la ropa, los autos, la
música, nosotros mismos, y claro está: las relaciones sentimentales.
Bajo esta hipótesis, Sarah Polley entrega su tercer largometraje de
ficción en el que, a diferencia de su anterior trabajo Lejos de ella (Away from Her,
2006), se rodea de personajes treintañeros que forman parte de una
generación que acostumbra rechazar lo carente de novedad tan rápido, tan
fácil y tan continuamente como quien cambia de zapatos. Y no es que
Polley sugiera que las generaciones que anteceden no padecieron de este
dilema, sino que ahora se suman al desapego emocional y a la creciente
incapacidad para generar lazos suficientemente fuertes: la realidad que
se encarga de alienarnos en pequeñas burbujas.